domingo, 4 de enero de 2009

“¿Miedo? pero si ya nos mataron…”

Jan
04
2009
“¿Miedo? pero si ya nos mataron…”

* Con el aumento de los asesinatos en Chihuahua, el miedo se adueña de la población y el turismo se aleja. Sólo un ejemplo es el pueblo de Creel, en la Sierra Tarahumara, donde 12 jóvenes y un bebé fueron asesinados por sicarios de La Línea en agosto pasado. Pero aquí, por pura supervivencia, los familiares de las víctimas decidieron organizarse para presionar a las autoridades, protestar contra la violencia e investigar por su cuenta. No tienen miedo, afirman, porque los sicarios les hicieron cuanto daño era posible el día de la matanza

Al terminar la misa, una mujer se acerca al sacerdote Javier Avila, lo abraza y le dice preocupada: “Padre, cuídese, tengo miedo de que le pase algo”. Una pareja le pregunta nerviosa lo mismo que escuchará todo ese domingo: “Padre, ¿cuándo balearon la iglesia?”. El se ríe y dice que los hoyos de la fachada del templo fueron causados por clavos, no por balas.
Desde el 16 de agosto pasado, cuando un comando a bordo de tres camionetas Suburban entró al pueblo y asesinó a 12 jóvenes y un bebé, para salir después por la calle principal sin que nadie lo detuviera, la calma huyó de este pueblo serrano.
En las noches Creel parece desierto. Desde que oscurece, la gente se encierra en sus casas y corre las cortinas. No hay fiesta en los hoteles ni turistas buscando diversión, ni carros manejados por sombrerudos con música norteña a todo vuelo, como antes. Sólo se oye el concierto de ladridos, a veces interrumpido por camionetas que pasan veloces o por tiroteos. Los últimos, el 23 y 26 de diciembre, dejaron un muerto y un herido.
Cada tanto circulan rumores desbocados: que si fue baleada la iglesia, que si los narcos regresarán a rafaguear las escuelas con todo y alumnos, que si en el Lago de Ararareko apareció una camiseta con los nombres de los próximos ejecutados.
En las clases de primaria algunos niños preguntan a sus maestras qué hacer en caso de que haya una balacera y los de la secundaria escriben ensayos sobre la violencia.
Cada tanto, también, tres camionetas con policías federales armados con metralletas, encapuchados y con uniformes negros, patrullan este lugar en el que hasta hace poco el turismo europeo venía atraído por la cultura rarámuri y la rústica belleza de la Sierra Tarahumara.
Pero desde que el estado llegó al primer lugar nacional en el número de homicidios y se consolidó como escenario de la disputa de poder entre cárteles de la droga, la gente vive temerosa.
Aunque no toda. En Creel vive un grupo de locos que se dicen inmunes al miedo.

Locos de dolor
La noche del 29 de diciembre este grupo se reúne en una oficina que está junto a la iglesia y en contraesquina con la plaza central. A la entrada del local cuelga el letrero: “Derechos Humanos”. Es la oficina del jesuita Javier Avila, El Pato, como lo apodan desde niño.
Ahí Gloria Lozano, que no ha dejado de mentar madres contra el gobierno, suelta de pronto: “Ya me advirtieron que me van a mochar la lengua por andar hablando de más, pero no tengo miedo. Hace cuatro meses me mataron”.
Nadie pregunta nada; todos saben a lo que se refiere. Desde aquella tarde que Gloria vio a su hijo adolescente agujereado en un terreno baldío junto a las demás víctimas de los sicarios y se lo llevó a su casa para limpiarlo y llorarlo, ni ella ni las demás familias que vivieron lo mismo han dejado de exigirle al gobierno que haga justicia.
En su lucha han bloqueado carreteras, realizado marchas, acudido a radiodifusoras, arrastrado ataúdes por las calles, suspendido actos gubernamentales, tapizado los comercios con los carteles oficiales que ofrecen recompensa por entregar a los sicarios, y encarado al gobernador, al alcalde y a cuanta autoridad policiaca se asoma por este lugar.
Incluso detuvieron el tren que llevaba turistas a las Barrancas del Cobre y tomaron dos veces las casetas de la carretera a Cuauhtémoc: la segunda fue el 25 de diciembre.
“Esta es la Navidad que nos dejaron, pero aquí estamos en pie de lucha”, dice Noé Armendáriz, papá de Daniel, uno de los muchachos asesinados afuera del salón ejidal cuando jugaba carreras con un grupo de amigos, casi todos menores de 30 años. Era su único hijo varón e iba a salir de la prepa en diciembre.
Según la procuraduría estatal, los asesinos pertenecen a la rama del cártel de Juárez llamada La Línea e iban por dos sujetos que estaban entre los espectadores de las competencias. Hasta el momento hay dos personas detenidas por haber “facilitado” las ejecuciones.
El que se hizo indispensable es el sacerdote Avila, que hace dos décadas estuvo entre los fundadores de la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos, A.C. (COSYDDHAC). El dio aviso de la masacre al gobierno estatal, resguardó la escena del crimen ante la extraña ausencia de los policías, fotografió los cadáveres a falta de agente del Ministerio Público y apoyó moralmente a los familiares. Desde entonces los encabeza en su demanda de justicia.
Su testimonio detallado del trágico día fue publicado en los periódicos locales y reproducido en Internet. Narró:
Nadie me impidió el paso, nadie cerró la carretera, nadie había tendido un círculo de protección en todo el espacio donde se habían dado esos acontecimientos… No sabía yo cuántos eran, a la primera vista vi como 5, empecé a recorrer y conté 12. Después me dijeron ‘aquí falta uno’ y al levantar la cobija vi al pequeñito en los brazos de su padre, su padre boca abajo y el pequeño protegido por el cuerpo de su padre… Ver los cuerpos mutilados, las gargantas abiertas, los estómagos abiertos, el cerebro por un lado, las caras desfiguradas… de esa manera masacrada, tan animal y tan inhumana, en ese momento fue que me quebré, empecé a llorar y cuando oí los reclamos de la gente ‘ayúdenos padre, ayúdenos’, dije ‘Pato, te tienes que controlar’. Tomé mucho aire y empecé a tratar de calmar a la gente, acompañarla, controlar la situación… No había nadie, me sentí solo.
Después del novenario por los muertos, los familiares no se encerraron en sus casas sino que han hecho sus propias investigaciones. Reciben informes del compadre, la prima de la cuñada o el cliente indignado por los hechos y que escuchó algo, para juntar las piezas. Así consiguieron nombres, direcciones y teléfonos de algunos de los supuestos sicarios y de sus cómplices.
“Tenemos mucho coraje con esa gente que vino a hacer su maldad y mucho coraje con el gobierno, que nos dijo que iban a agarrarlos cuando les dijimos dónde estaban, y no hicieron nada. Por eso, últimamente nos juntamos con los mandos y nos subimos con ellos a revisar los operativos”, dice el presidente seccional del pueblo, Eliseo Loya. Él sufrió tres pérdidas en la matanza: la de su hijo, que estaba por graduarse como administrador en Chihuahua; y la de su hermano, que murió abrazando a su bebé, ambos atravesados por la misma bala.
Eliseo y tres familiares de las víctimas van a los operativos policiacos para verificar que no suelten a los culpables si llegan a atraparlos. Un trío de mujeres, por iniciativa propia, patrulla las calles de noche. Y tras las balaceras recientes, varios estuvieron tentados a cruzar automóviles en la carretera para retener a los sospechosos y comprobar si eran los que mataron a sus hijos.
“Hemos estado unidos como grupo, por eso no me da miedo”, dice Fernando Córdova, papá de Fernando Adán, otro de los asesinados que estaba a punto de terminar la prepa.
“No peleamos contra el narco porque es demasiado grande y no somos Supermán, no sabemos usar armas, pero sí peleamos por justicia para nuestros hijos, y eso no me da miedo”, explica al día siguiente Bertha Alicia Galdeán, la esposa de Córdova.
Durante la reunión, algunos vigilan de reojo las ventanas de la oficina. Es un hábito adquirido en los últimos meses. “Mucha gente tiene miedo, nos felicitaba por bloquear la caseta pero no quería que pintáramos nada en el vidrio porque tienen miedo”, comenta una señora joven que también perdió a su hijo.
Al terminar la reunión el padre Avila les recuerda: “No están peleando contra robacoches ni ladrones de bicicletas”.

Como pulgas serranas
“Desde que murió mi hijo empezó la guerra”, dice al comienzo de la entrevista Gloria Lozano, la mujer más brava del grupo, a quien el padre Avila llama en broma “Juana Gallo”.
Su casa está a unas cuadras del cruce de las vías del tren. En el librero de la sala se ven grandes fotos de dos jóvenes, cada una con su rosario y su veladora. En una aparece René, de 19 años e hijo de Gloria, y en la otra Felipe, de 17, hijo de Ana Lozano. Eran los hijos únicos de las hermanas, vivían en la misma casa y los dos cayeron en la matanza.
“Nos han dicho que nos callemos, que ya hablamos mucho, pero el coraje me hace gritar. No me imparta que me maten, si ya me mataron con mi hijo. Si no grito me voy a volver loca”, dice Gloria, llena de vitalidad. En el sillón, frente a ella, Ana la escucha.
Las Lozano celebran cada vez que los narcos se matan entre ellos. Sin planearlo detuvieron el tren, e hicieron tal escándalo en la Vuelta Ciclista Internacional que, a su paso por Creel, un español dijo que ellas eran “verdaderas hijas de Pancho Villa”.
También muestran orgullosas las mantas que colocan junto a los ataúdes vacíos en sus protestas, las cuales molestan a varios del pueblo: “Bienvenidos a Creel, tierra de encuentro con la muerte, la corrupción, la impunidad y el narcotráfico, atentamente: Kristian, Carlos, Alejandro, Daniel, Fernando, Felipe, René, Alberto, Luis Javier, Edgar, Edgar Jr. y Fredi” y “El pueblo de Creel recuerda a sus 13 mártires del narcotráfico”.
Gloria y Ana son el dolor de cabeza del presidente municipal, Ernesto Estrada, a quien continuamente le cuestionan su ausencia el día de la matanza y el permiso que otorgó para las carreras de caballos que, según ellas, atrajeron a los sicarios. De igual forma le han pedido que presente al exdirector municipal de Seguridad Pública para que explique la ausencia de policías en el pueblo aquel 16 de agosto.
Gloria admite que antes no sabía nada del narcotráfico, se veía como una “simple” maestra de escuela. Ana es una estilista querida por sus clientes y se ha valido de ellos para saber más sobre el crimen: “Por el peinador sube mucha gente de la sierra que me cuenta. Algunos que vinieron a la ejecución los conozco, por el peinador”, afirma.
“Un mando de la policía federal nos dijo que el día que despertemos vamos a ver la marranada que es esto, que estamos en un polvorín que pronto va a estallar porque Creel es el paso de todos los cargamentos”, dice Gloria.
“Cada vez que despertamos se nos revuelve el estómago. Esto es un marranero. Las películas se quedaron cortas”, interviene Ana.
Las Lozano consideran que los asesinos cayeron en su propia trampa porque mataron a puros hijos de familia. Puro estudiante. Puro hijo mimado. Puros inocentes que tienen detrás a una familia terca que no permitirá la impunidad. Como pulgas serranas, picarán y picarán al gobierno hasta que los capture.

“Trece son demasiados”
Desde la oficina sin adornos donde se ve la plaza, el museo y la tienda de artesanías que financia la clínica donde las religiosas reciben a los niños rarámuris inflados de lombrices o con las costillas marcadas en la piel, el presidente seccional Loya dice que dos hoteles locales están a punto de quebrar.
Una persona de la Asociación de Prestadores de Servicios confirma que uno de los grandes hoteles tuvo 900 cancelaciones esta temporada.
“Muchos turistas nos preguntan si es seguro el pueblo, si no hay problema de caminar por el centro. Estamos pasando por una situación difícil que nos está afectando como negocios. Por un lado nos afectan las mantas y las manifestaciones, por otro lado el pueblo tiene razón, no es justo lo que ocurrió, es un pueblo muy chico y 13 muertes son demasiadas, los extrañamos bastante, eran puros jóvenes buenos, los vimos crecer, nos duele a todos”, dice, y se le llenan los ojos de lágrimas.
En solidaridad con las familias afectadas, los maestros de la zona decidieron suspender desfiles y torneos deportivos. Los restauranteros regalaron comida cuando se suspendió la Feria de Artesanías. Las monjas se unieron al bloqueo del tren. En el pueblo se declaró un año de luto.
En una carta que Avila mandó a sus familiares menciona este apoyo del pueblo:
Durante este novenario hubo dos marchas desde el lugar de los hechos hasta el templo. La primera vestidos todos de blanco, con mantas alusivas al dolor y a las exigencias de justicia, en un silencio que imponía. La prensa calcula que la primera marcha sumó más de la mitad del pueblo. Otra parte del pueblo observaba el paso de todos con respeto, en silencio y solidaridad. A la semana se decretó un día de luto y todos los comercios, tiendas de abarrotes, de artesanías, restaurantes, hoteles, cerraron sus puertas. Impresionaba la soledad de las calles por las que nunca dejan de caminar turistas y pueblo (…) El pueblo sigue dolido, muy dolido, aparte de temeroso porque esto no se calma hasta que la justicia y la verdad no se instalen en el pueblo y desbanquen la angustia que se pasea por las calles.
Cerca de la tortillería, en la que trabaja su madre, está la casa de Brisa Loya, hermana de Kristian –un joven de ceja negra y tupida que aparece en muchas fotos impresas en papel y pegadas sobre la chimenea–, quien llora de rabia. “Aunque no quiera uno pensar que el gobierno está involucrado con ellos, ¿por qué los tuvieron en sus manos y los dejaron ir? Son estúpidos”, dice enojada.
Es una de las más activas en el grupo y dice que va a seguir. Tampoco tiene miedo: “No sabemos en qué estamos metidos o dónde nos metieron, por nuestra misma ignorancia. No sabemos de tanta maldad ni cómo se mueven, quizás por eso no tenemos miedo. ¿Pero miedo de qué, si a nosotros nos mataron el 16 de agosto junto con ellos?”
(Marcela Turati/APRO)
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