viernes, 3 de abril de 2009

Madre Naturaleza...

Desamparo original imborrable

José Cueli

Madre: navegué en tu cuerpo en noches serenas de cielo azul oscuro, sembradas de puntos de luz, en cuyas olas se quebraban y chispeaban claridades, suavemente, dejando una ancha y brillante estela en el profundo silencio de la inmensidad de lo ignoto, con las notas de un cante que flotaba en el aire y se mecía impregnado de voluptuosa languidez, al cadencioso golpe del remo en agitado avance sobre tus olas, para empezar a recorrer la seda de terciopelo de tu pacífico mar, con paso lento, paso a pasito, pausadamente, en musgosos labios donde te besé y penetré en el claustro rosado y desierto, y vagué en tus olas abandonadas que nacían y morían al instante, provocando las primeras sensaciones, al contemplarlas curveadas y arrastrándose por la espuma, sobre sí mismas, para aparecer y desaparecer como niñas jugando con el viento, desatando sus nudos, con todo y un vocerío terrible, ebrias de alegría agitando aún más las olas que se entrelazaban con caracolas y espumas que tornaban a desaparecer, para mostrarse de nuevo fuera de mi alcance, internándose cada vez más adentro, en la inmensidad de tu cuerpo, perdido entre sombras revueltas, en juegos de burlas por la brutalidad del desamparo, madre de todos los deseos; en el instante en que mi sangre se detenía, me flaqueaban las piernas y un ligero temblor agitaba y ponía a fibrilar mis contraídos músculos, previos a que tu vida me contagiara y agitara entre ciclónico oleaje, para estremecerse en un vértigo absoluto en que el aire zumbaba, en un escape tan rápido que perturbado tenía que prenderme de tus pechos, tú que sí sabías del dolor y me lo transmitías en una fusión interminable, al bogar, bogar, sin poder detenerme, sintiendo que el viento silbaba alrededor, y nuevos horizontes se abrían a mi vista mientras seguía bogando, a la velocidad de las olas, dejando atrás otras tantas, que aparecían y desaparecían para dar luz a nuevas olas, agitadas aún, que la tempestad huracanada había arrancado a su paso de tus playas cercanas y que seguían oscilando a la velocidad ya no de tus olas, sino de mi propio ímpetu, hasta romper sobre la playa, en una sacudida donde hervía la arena calcinada por los rayos del sol de fuego, vastas soledades, llanuras inmensas, alegres campos cubiertos de verde y negros caseríos, como blancos fantasmas, que daban término a esa loca carrera, en tiernos estremecimientos que acariciaban el terciopelo de la arena, juguete como había sido de un poder sobrenatural, tu poder, que todo lo arrasaba, dejando de ser en medio de sensaciones, latidos, correr de sangre, en formas caprichosas, nunca repetidas, como el resplandor de un relámparo, en aquel océano de vapores que subían y subían y se desvanecían como las palabras que vemos, que nadie escucha y que nunca nos regresan vírgenes, dejando de ser para, en un aliento de fuego, fugaz y transitorio, tratar de atrapar la ternura marítima que eres tú, madre, para bajar y bajar, sin caer nunca...



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